¿Por qué es tan difícil emprender en España?

Cuando ayudé a mi mujer a iniciar su negocio lo viví en mis carnes, emprender en España es darte de tortas constantemente sin tener muy claro contra qué. En el momento que lo estás viviendo, solo sabes que es difícil, analizarlo requiere de cierta perspectiva que no tuve hasta que me salí del proyecto (al menos a jornada completa) y volví a mi trabajo habitual. Entonces tuve tiempo para pensarlo y fruto de dicha reflexión escribí mi libro, El Anticoach, donde explico los motivos principales por los que resulta tan complicado sacar adelante cualquier proyecto desde un punto de vista histórico, cultural y burocrático.

Un poco de historia para desayunar

No es mi intención remontarme aquí hasta los Reyes Católicos (como sí hago en mi libro), digamos, simplemente, que en España no ha habido tradición. Emprendedores eran los musulmanes y judíos que vivían cómodamente de las artesanías y el comercia. Tenían sus tiendas en los mejores barrios de nuestras principales ciudades y acumularon grandes riquezas gracias a su trabajo. Aquello despertó el recelo de los nobles católicos que a veces malvivían pues no generaban riqueza alguna y simplemente sobrevivían gracias a las rentas y al estar exentos de pagar impuestos. Se cree erróneamente que España fue siempre un país de agricultores, pero lo cierto es que el feudalismo no motivaba a labrar más que lo justo y necesario para pagar diezmos y dar de comer al señor (que a menudo prefería la caza) y a sus vasallos (que a menudo morían de hambre). Fue entonces cuando surgió este odio hacia musulmanes y judíos, no fue, como dice tan a menudo la historia, una cuestión de prestigio ni de fe, sino por pura codicia. Cuando analicemos el término reconquista, pensemos que los musulmanes llevaban ocho siglos afincados en nuestra tierra. Los Yankies, que tanto presumen de patriotismo, apenas llevan un par de siglos independientes de los ingleses. Canadá, Australia y Nueva Zelanda son naciones incluso más jóvenes.

Iniciada la reconquista era importante (como en toda guerra) llevar a cabo una buena campaña propagandística. Comer cerdo era una manera de demostrar que se era cristiano antiguo, trabajar o acaparar dinero se convirtió en sinónimo de hereje y de judio. Esa alusión se ha quedado tan inscrita en nuestro vocabulario que se sigue utilizando incluso en el presente. Hacernos con el oro y la plata de México y Perú no ayudó al desarrollo del país. El propio Adam Smith habla en su famoso libro, La riqueza de las naciones, de la mala gestión de los reyes de España. Nada se invirtió aquí, el oro y la plata entraban por el Guadalquivir y tan pronto llegaban a España salían con rumbo a Italia, Francia o Flandes. O bien se destinaba a absurdas guerras, o bien se compraban fuera las artesanías que habían dejado de fabricarse aquí. Cristalería, joyería, tapices… Para que nos hagamos una idea del retroceso al que se exponía España en favor del resto de Europa (nuestros enemigos incluidos), de los dieciséis mil telares que había en Sevilla en 1558 a la muerte de Carlos V solo sobrevivieron cuatrocientos a la muerte de Felipe II unos cuarenta años después.

Todas estas artesanías fueron la base de las primeras grandes manufacturas que más tarde dieron lugar a las fábricas en Inglaterra primero y en el resto de Europa poco después. La revolución industrial en España llegó tarde y llegó, en parte, gracias a naciones como Inglaterra o Francia que impusieron sus condiciones, su maquinaria e incluso, muy a menudo, sus trabajadores. Y desde entonces parece que les vamos a la zaga… Para que nos hagamos una idea, el 25% del PIB de Holanda pertenece a la industria, mientras que en España apenas supera el 10%. Holanda, un país con 450 km de costa posee una flota mercantil de más de 800 barcos, frente a los 8000 km de costa que tiene España (y uno de los puertos más grandes del mundo, el de Algeciras, que en volumen no tiene nada que envidiar al de Rotterdam) y con apenas poco más de cien barcos (ferries entre islas o cruzando el estrecho incluidos).

La cultura de emprender en España

En una encuesta realizada a 9000 estudiantes de bachillerato se vio que poco más del 25% de los jóvenes encuestados querían emprender un negocio propio. La misma encuesta realizada en los institutos de EEUU descubrió que allí el porcentaje era muchísimo más alto, más de la mitad. ¿Los motivos de tanta diferencia? La cultura, sí, pero también las aspiraciones. Los encuestados americanos respondían que querían tener sus propias empresas para así poder gestionar mejor la relación entre su tiempo de trabajo y el de ocio. Trabajar para otros se considera allí casi que servidumbre. Esta forma de pensar tiene su origen en la época colonial, cuando la gente trabajaba las granjas para que la riqueza se las llevara un rey al otro lado del charco. De ahí que ese sentimiento de trabajar lo propio (la propia tierra, aunque haya que ir hacia el oeste a buscarla) esté tan arraigado en su cultura. Lo curioso es que un porcentaje de españoles decía exactamente lo mismo cuando hacían referencia al emprendimiento, que era casi la última opción. Muchos de los estudiantes de bachiller se plantean hacer oposiciones para el día de mañana tener mayor calidad de vida y tiempo libre para la familia. ¿Emprender?, ¿para qué? Aquí, en España, el ser autónomo está asociado a ser un esclavo del trabajo que, por no poder, no puede ni enfermar.

Nos falta cultura emprendedora y ya de paso nos falta educación financiera. Una de las primeras cosas que sacó a la luz el confinamiento eran los escasos ahorros que teníamos los españoles y nuestras empresas. Una vez más, por poner a los yankies de ejemplo, diré que allí tienen clases en la escuela sobre economía doméstica. Lo vemos en las películas y nos reímos, aunque bien visto no nos vendría nada mal saber ahorrar e invertir en el futuro (jubilación, por ejemplo, ya puestos). De repente, sale el presidente del Banco de España por la tele diciendo que los españoles deberíamos empezar a ahorrar por nuestra cuenta para la jubilación y, ¿qué hacemos nosotros? Nos indignamos, claro. Y poco más… Menuda torta se va a llevar más de uno dentro de veinte años cuando vea que no puede seguir el mismo ritmo de vida después de tantos años cotizados…

La contradicción viene ahora de la mano de las PYMES, hemos concluido que en España falta esa cultura por el negocio propio y sin embargo resulta que en España hay unos 3,2 millones de autónomos o, lo que es lo mismo, el 16% de las personas con trabajo en este país. De hecho, de las 2,9 millones de empresas que hay en España (más o menos), solo unas 4895 son consideradas grandes empresas, es decir, el 0,17%, mientras que el resto son microempresas y PYMES. Estas PYMES proporcionan el 66% de los puestos de trabajo que hay en España y aun así, se nos sigue educando para que estudiemos “carreras con salida” en sectores como la industria. Y si todo falla, como solía decir mi madre, al menos siempre podremos ser funcionarios… Por cierto, funcionarios, hay 2,5 millones en España, por si te lo estabas preguntando.

Las trabas del sistema

Me decía un amigo hace poco que si lo hubiera sabido antes se metía en empresariales. Era un amigo arquitecto de esos que habían elegido la carrera porque tenía muchas salidas… Al menos las tenía antes del 2008. Yo le respondí que si lo hubiera sabido antes yo tampoco hubiera estudiado náutica y eso que al menos yo sí he llegado a ejercer como marino… Ahora los dos tenemos nuestros negocios.

Ya hemos visto los antecedentes históricos y culturales, ahora deberíamos plantearnos las facilidades que hay (o no hay) para empezar un negocio en España. ¿Cómo se mide eso? Fácil, no tenemos que hacerlo nosotros, hay instituciones y fundaciones que se encargan de ello. El Banco Mundial publica cada año el Informe Doing Business donde España aparece en el puesto 86 nada más y nada menos de 190 países totales. ¿Y qué mide el Banco Mundial para sacar sus conclusiones? Entre otras cosas, la facilidad burocrática a la hora de abrir una empresa o conseguir permisos de obra y reforma, la disponibilidad de locales bien situados, las leyes fiscales del país, los impuestos, las ayudas, el número de créditos (para empresas, que no particulares) concedidos por los principales bancos, etc. Y con todo eso, concluyen que en España es más difícil montar una empresa que, por ejemplo, Kazajstán. Y no es coña.

La financiación es, a mi parecer, una de las tareas pendientes de este país. Más del 75% de los emprendedores reconocen haber usado capital propio para empezar y muchos de ellos lo complementan con créditos que a menudo son personales y no para empresas. Realmente son pocos los bancos en España que otorguen créditos para emprender y las condiciones a veces son imposibles de satisfacer, como por ejemplo que el emprendedor tenga en su cuenta al menos la misma cantidad cuyo crédito está pidiendo. De los créditos ICO, si no eres una startup, mejor te vas olvidando. Y aunque cada vez hay más instituciones privadas concediendo créditos a través de plataformas, aceleradoras (por no hablar de los famosos business angels), también es verdad que el foco que buscan para invertir es el de componente tecnológico con grandes posibilidades de escalabilidad. No sé el vuestro, pero no es mi caso.

Los precios de los locales es otro tema, en ciudades como Madrid o Barcelona han llegado a niveles difícilmente aceptables y aunque tuvieron una pequeña caída por culpa de la pandemia, lo cierto es que la bajada de precios ha sido poco significativa. En cuanto a impuestos y salarios, bueno, me parece muy bien que el gobierno quiera subir el salario mínimo a los trabajadores, pero me parece fatal que lo haga la misma semana que le sube la tasa fija a los autónomos. Como ya vimos antes, al fin y al cabo son las PYMES las que crean el 66% de los puestos de trabajo de este país, y detrás de toda PYME hay un autónomo. Ayudas hay, sí, la rebaja de la tasa fija el primer año, la rebaja del impuesto de sociedades al 15% durante los dos primeros ejercicios con beneficios, las ayudas a la contratación y al teletrabajo durante la pandemia… Gracias a algunas de estas ayudas nosotros no hemos tenido que cerrar durante el parón… El problema es que los trámites que hay sortear para conseguir dichas ayudas son propias de Asterix y las 12 pruebas, ya sabéis, cuando se meten en aquel edificio de burócratas romano… Es tanta la dedicación que requieren estas ayudas, algunas estatales, otras autonómicas, algunas de tu propio ayuntamiento, que al final conseguirlas se convierte en tu trabajo. Por lo que, inconscientemente, desatiendes tu empresa. Ya sé lo que estáis pensando, que hay agencias y consultorías que se encargan de hacer todos esos trámites por ti, pero lo cierto es que no todo el mundo se puede permitir una agencia, y menos si está luchando por sobrevivir.

El dato más triste de todos es que en nuestro país se cierran todos los años unas 300,000 empresas, o lo que es lo mismo, 3 veces la ciudad de Cádiz (los yankies utilizan siempre el Estado de Tejas en las películas para medir las cosas, yo uso mi ciudad natal) quebrando cada año. Y el problema de estas familias es que la mayoría de las veces no serán capaces de recuperarse nunca de semejante debacle, no solo porque pierden sus ahorros sino porque muchas de ellas cargarán durante años con los altos intereses de un crédito que pidieron por algo que ya no tienen. Las estadísticas dicen que el 50% de las startups de primera formación fracasan según el Mapa del emprendimiento de Spain Startup, pero ese porcentaje disminuye cada vez que un emprendedor inicia un proyecto. Si llegas a empezar cinco negocios, las estadísticas dice que el porcentaje de fracasos se reduce al 5%. Pero, ¿quién demonios emprende cinco veces en España si al fracasar la primera vez te quedas endeudado de por vida? En Estados Unidos (otra vez de ejemplo) los intentos se muestran con orgullo en el currículum, aquí se esconden. No te interesa que en la entrevista de trabajo te pregunten por ese año y medio que has dejado en blanco… Ahora toca currar, no para ahorrar e invertir (lo que aprendimos en las clases de economía doméstica) sino para levantar el crédito que arrastrarás los próximos cuatro o cinco años.

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