Libertad vs Libertinaje: Sobre Ayuso, China y el Unabomber

El otro día paralizaban un curso de formación que estaba haciendo para la marina por culpa de un payaso que dio positivo. No escribiría este post sino fuera porque el día anterior el tipejo en cuestión no paraba de presumir de la gran fiesta que se había pegado con los amigos. Lo que en principio creyó era resaca resultó ser covid. Y yo me pregunto, ¿debemos sentirnos orgulloso de ese tipo de libertad? Aunque para ser correctos, antes de presumir o hablar de orgullo deberíamos definir qué es y cómo se construye esa libertad que está tan en boca de todos.

Libertad (según la rae):

Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

Y luego, después de varias definiciones más: Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres.

Ya antes del covid, el tema de la libertad me parecía interesante. Recuerdo hace años cuando leí Tus zonas erróneas (sí, hubo un tiempo en el que me dio por leer libros de autoayuda, y qué, no todo va a ser Cortázar y Chomsky) que tuve largas discusiones con mis amigos sobre el manido pero equivoco concepto que tenemos de libertad. La libertad de la que presumimos a menudo, desde mi punto de vista, está bastante limitada, es una versión edulcorada, blandita, sencilla, una con la que sentirnos cómodos: dónde comer, qué hacer el fin de semana, qué película ver en el cine, incluso, si me apuras, puedes elegir el partido político al que votar. Pero las decisiones importantes de tu vida van a venir impuestas por lo que arriba se ha llamado “buenas costumbres” que podría traducirse, también según la rae, como el “comportamiento acomodado a estándares éticos y sociales más comúnmente aceptados por la mayoría de la población.” O lo que es lo mismo, eres libre siempre y cuando sigas la tendencia de la mayoría.

La verdadera elección como tal no existe, siempre habrá padres, profesores, tutores, jefes, incluso amigos directos que marcarán nuestra toma de decisiones en la vida para encarrilarnos por el buen sendero. Si piensas en la gente que ha triunfado en la vida (artistas, empresarios, líderes políticos, etc…) la mayoría de ellos le deben su éxito al romper las reglas preestablecidas. No conozco a nadie que haya marcado un hito en la historia haciendo, simplemente, lo mismo que los demás.

Mentalidad de cangrejo

Un concepto que me alucina y que he tratado de incluir a menudo en mis libros. Resulta que si metes un grupo grande de cangrejos en un cubo te puedes despreocupar de que se salgan porque son los propios cangrejos los que se encargan de que ninguno de ellos salga. En el momento en el que uno trepa hacia la libertad, los demás tiran de él y lo arrastran de nuevo hacia el grupo. Y lo mismo sucede en los grupos pequeños o en algunas sociedades con estrictas normas sociales donde el colectivo no ve con buenos ojos que ninguno de sus individuos destaque demasiado. Se le restará importancia a sus logros, se justificará su éxito por otras vías que no sean su propio talento, se le negará aún cuando tenga razón, se le tratará de encaminar hacia la corriente. ¿Podemos entonces hablar de libertad?

Resulta curioso la infinidad de referencias que hace la rae para la palabra liberta (yo solo quise escoger dos) y sin embargo solo tiene una definición para el libertinaje: Desenfreno en las obras o en las palabras. En otros diccionarios ya se amplía el termino con una asociación hacia los placeres y los caprichos, especialmente de índole sexual (aunque no estrictamente necesario de este tipo).

Y con toda esta perorata a modo de introducción, yo me pregunto si lo vivido en Madrid en las últimas elecciones no hará, quizás, más referencia al libertinaje que a la libertad. No estaba mal encaminada la campaña de Ayuso, solo le faltó la última corrección de estilo antes de la imprenta de tanto cartelito. Libertad para saltarse un estado de alarma, para contradecir al gobierno central, para imponer sus propias leyes, ya hemos visto en la definición de arriba que eso no es libertad. Promocionar individuos que se sabe mienten expresamente y convertirlos en bastiones sobre los que erigir nuestras luchas, con proclamas tan equivocadas que confunden libertad y libertinaje, darle voz al embustero y al estúpido y permitir que su opinión crezca hasta llegar a tener representación política, no debiera ser algo de lo que sentirnos orgullosos, es más un síntoma de una enfermedad, la señal inequívoca de que estamos fallando como nación, bien porque la democracia en sí no funciona, o bien porque para que la democracia funcione el nivel educativo de la población debería estar un poquito más alto. No mucho más, solo lo suficiente para entender qué los hechos científicos no se rebaten con opiniones, sino con datos y observaciones.

Consideramos las democracias mejores que los totalitarismos porque se suponen más equilibradas. Al poder votar todos y cada uno de los ciudadanos se presupone que tendremos una representación política de todos y cada una de las posturas e ideologías, y que dichos representantes se verán obligados a dialogar y pactar con fuerzas contrarias para llegar a consenso en leyes que serán puntos medios entre radicales extremos. Pero, ¿es eso lo que realmente pasa? Cuando unos gobiernan con mayoría hacen y deshacen a su antojo y cuando toca ser la oposición, se oponen incluso a la apertura de un sobre. La única proclama que importa es la de llevar la contraria. Sea cual sea el punto del día. El NO como única bandera. Y mientras, la sociedad, la tecnología y la pandemia, avanzan a ritmos que no abarcan la burocracia. El resultado es que las leyes siempre van por detrás, a menudo llegando tarde y a veces ni siquiera llegan. Google se funda en el 98, y la llamada tasa Google se está negociando ahora, décadas después. Y este es solo un ejemplo de lo retrasado que va el gobierno siempre respecto a los cambios que se suceden en ámbitos que a menudo ni siquiera entiende.

Made in China

China fue capaz de frenar el virus en un tiempo récord, pero muchos critican el método utilizado argumentando que dicho triunfo se debe a la tecnología intrusiva que llevaba ya años operando en las vidas de los ciudadanos chinos. Tecnología que se ha hecho, si cabe, aún más intrusiva gracias a la pandemia. Dos cosas se les olvida a los críticos: que China no es solo un régimen totalitario, sino que es uno efectivo, es decir, que funciona (y es que, no por ser un régimen totalitario puedes sacar adelante las medidas que quieras y hacerlas funcionar), y dos, que China ha logrado el éxito gracias a esas medidas, pero que son, al fin y al cabo, las mismas medidas (o por lo menos muy similares) que se han implantado en democracias como Corea del Sur y Taiwan.

Los estados totalitarios tienen un único fin, sin dicho fin serían un sinsentido, el pueblo otorga sus derechos a sus dirigentes a cambio de sentirse seguros y protegidos ante las adversidades de este mundo. ¿Y acaso no es eso lo que hace el votante de extrema derecha en occidente? Solicitar (con su voto libre, ironías de la vida) que se limiten sus libertades con tal de sentirse arropados, que se frenen las oleadas de inmigrantes, que sean expulsados todos los okupas, que se castiguen a los disidentes y a los que tengan opiniones contrarias, todo ello al precio de salirse de la UE, otorgar más poder al gobierno central, eliminar estatutos y acabar con identidades diferentes a la de una única nación y una única lengua. ¿Se puede cambiar la libertad por el pragmatismo? Esta es una cuestión ética en la que no pienso entrar, no obstante, no es lo que hace el votante occidental de extrema derecha, sino vender la libertad por el miedo, sin esperar nada a cambio salvo acabar con dicho miedo.

Astroturfing es un término que tendría que ser ya habitual en nuestro léxico y sin embargo cada vez que lo menciono tengo que explicarlo. Inventar perfiles falsos para difamar y divulgar opiniones políticas que pasen por opiniones de ciudadanos reales y no como propaganda pagada a sueldo de un partido concreto. Es lo que llevó a Trump a la Casa Blanca de la mano de Facebook y Cambridge Analytica, hay artículos al respecto, hay documentales al respecto, hay evidencias de que algunos de los responsables de aquella campaña trabajan ahora en España para la extrema derecha y sin embargo cuando se habla de China y la tecnología, enseguida se hace referencia a la censura y la propaganda como si aquí no pasara. ¿Sabéis cómo trabajan los algoritmos de Facebook y Youtube? Estos algoritmos son capaces de detectar cuántos segundos paras en una publicación, si entras o solo lees el enunciado, si te lees el contenido entero o no, y con todo esto hacen un patrón de tus gustos. Acto seguido comienzan a lanzarte contenido digital relacionado con la intención de que pases el máximo tiempo posible conectado. A medida que el algoritmo aprende de ti, el contenido que te envía es cada vez más sesgado, es decir, tu visión del mundo se hace más limitada, todo está pensado para reconfirmar el que era tu punto de vista. Y si, por casualidad, pasaras menos tiempo conectado, el algoritmo lo detectaría y te enviaría contenido similar pero un poquito más polémico cada vez, un poquito más extremo. De esta manera surgen los puntos de vista radicalizados. De esta manera han contribuido las redes sociales al auge de la extrema derecha en occidente.

Esto no es lo que pasa en China. Ellos tienen sus propios algoritmos, sus propias tecnologías, sacadas adelante con ayuda del gobierno, con financiación pública y supervisión directa. En el momento en el que su algoritmo detecta que alguien comienza a radicalizarse, el contenido que recibe se vuelve cada vez más políticamente correcto, dibujitos sobre civismo y propaganda sobre los valores socialistas incluidos. La idea es que nadie se radicalice por culpa de un telefono. El intervencionismo del gobierno en este sentido, mejor explicado en el libro El gran sueño de China de Claudio F. González, no solo no me parece negativo sino que me parece todo un adelanto. Pero dicho intervencionismo solo es posible porque tecnología y regulación han ido de la mano desde el principio. Las leyes se adaptan al cambio porque el gobierno dirige gran parte de dicho cambio y no permiten que sean simplemente los mercados los que decidan. ¿Es eso tan malo?

El coche como instrumento de opresión

Decía Ted Kaczynski en su famoso manifiesto que todo tipo de tecnología (sin importar cuál) limita la libertad del hombre. Y eso que dicho manifiesto fue escrito antes de la llegada de Facebook a nuestras vidas… Toda tecnología limita la libertad porque toda tecnología requiere de un compromiso, una obligación casi, de hacer uso de dicha tecnología. Y uno de los mejores ejemplos sería el coche. Estamos tan acostumbrados a ver el coche como un elemento que nos permite escapar hacia la libertad que hoy en día ese viene a ser precisamente el eslogan de la mayoría de las casas que, aprendiendo con los años, han descubierto que el marketing emocional es el que mejor funciona y que no hay que hablar de prestaciones sino de sueños. Y sin embargo, a la hora de comprar el coche, estás comprometiéndote a usarlo y a cuidarlo, pagar las letras, las revisiones, el seguro, los impuestos… perder mañanas enteras en trámites burocráticos que acaban con la paciencia de un santo en las oficinas de tráfico o, como es mi caso justo ahora, mientras escribo estas líneas, esperar a que terminen las reparaciones pertinentes y reclamaciones del seguro porque me dieron un golpe al salir de una gasolinera.

Pero el coche no solo afecta a nuestras vidas individuales sino que tiene consecuencias increíbles dentro de nuestra sociedad y seguramente ni siquiera pensamos en ellas. El coche modifica radicalmente nuestras ciudades, hay que dejar paso a las factorías y a las nuevas industrias y con ellas llegan todo tipo de familias trabajadoras que modifican el mapa territorial. La gente no quiere vivir cerca de esas fábricas así que se construyen a las afueras al mismo tiempo que se levantan carreteras para que la gente pueda ir en coche a fabricar más coches. Las aceras desaparecen para dar paso a nuevos carriles, las casas pequeñas son derruidas y en su lugar se levantan grandes garajes. Luego todo vuelve a cambiar cuando se descubre que el humo de los coches contamina, las fábricas son exportadas a países en vías de desarrollo cuya calidad del aire importa menos dejando a todas esas familias en el paro y con las letras de sus coches aún sin pagar. Surgen nuevas regulaciones ambientales y se prohíben los coches contaminantes por lo que las familias trabajadoras ahora no pueden hacer uso de sus coches y el estado tiene que mejorar los sistemas de transporte público por lo que hay que volver a cambiar todo el mapa tipográfico de la ciudad. Y todo esto por no hablar de las guerras que ha habido por culpa del petroleo, el calentamiento global y muchas otras cosas que limitan nuestra libertad de acción por el mero hecho de poseer la tecnología del motor de combustión interna.

Sé lo que piensas, que soy un poco radical, pero es solo un ejemplo de cómo la tecnología (gestionada por un gobierno comunista o promovida por los intereses del mercado) afecta a nuestra libertad. Propaganda ha habido siempre, formas de controlar a las masas, con pan y circo, más o menos sofisticadas, también. Librepensadores, también hubo en todas las épocas de la historia sin importar el tipo de régimen político, los intereses mercantiles o la tecnología utilizada en la época. Al final, no hay nada como reflexionar por uno mismo para llegar a la conclusión que sea, cualquiera es válida, siempre que sea la de uno mismo y no la impuesta por la mayoría. Todo, claro, mientras no se niegue la evidencia científica… Aunque, bien visto, ya estoy imponiendo yo un criterio, pero, ¿acaso no es este mi blog?

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