Breve historia del capitalismo, parte I: De Adam Smith y cía.

No, el capitalismo en sí, no es malo. Es una reflexión sencilla, apenas ocho palabras, y sin embargo he tardado años en entender este hecho. El capitalismo surge como un modelo económico que trata de redistribuir las riquezas para proporcionarles mayor calidad de vida a una parte de la población que, en los modelos poco más que feudales anteriores al siglo XVIII, no tenía ninguna posibilidad de prosperar. ¿Y entonces, a qué se debe esta sensación generalizada de que el capitalismo ha fracasado estrepitosamente? Pues porque a menudo confundimos capitalismo con libre mercado y libre mercado con capitalismo de amiguetes. Y por si fuera poco, también confundimos lo que a priori debiera ser no más un sistema económico para convertirlo en nuestro modelo cultural, ético y moral. El capitalismo sirve para hacer a las personas más ricas, no más felices. Ni más sabias, ni espirituales, empáticas… Entendido esto, empecemos nuestro pequeño repaso histórico.

El ABC de Adam Smith

Todavía hay gente que se empeña en considerar a Adam Smith como el padre del libre mercado y esto es, básicamente, darse de tortas con la historia para ver quién tiene la razón. Para todos aquellos que no hayan leído La riqueza de las naciones diré que los cinco libros que componen una de las obras más influyentes en nuestra sociedad están plagados de referencias de todo tipo a la importancia de la intervención de los Estados en los mercados. La primera y más esencial es la de conseguir financiación porque, capitalista es, ni más ni menos, aquél que decide invertir un capital en un negocio con vistas a vivir del beneficio en el futuro. Hay que entender que hasta aquel momento (el libro fue publicado en 1776), los créditos no eran tales y muchas veces el pueblo llano conseguía dinero de la mano de prestamistas y usureros que imponían condiciones tan imposibles como dolorosas. Adam Smith propone que sean los bancos quienes concedan préstamos no solo a los burgueses sino a todo aquel que demuestre ser capaz de devolverlo y, lo más importante, plante la importancia de que sea el Estado quien vigile las condiciones de dichos créditos. Menos libre mercado, imposible.

La visión que tenía Adam Smith sobre el trabajo y los trabajadores fue revolucionaria. En un momento histórico donde la riqueza de las naciones se medía en función de las tierras aptas para la explotación (y en consecuencia directa, de la cantidad de alimentos capaz de producir un estado cualquiera) y del oro acumulado, Adam Smith, sugiere un nuevo valor a tener en cuenta: la industria creciente (estamos ante el surgimiento de las grandes manufacturas que más tarde dieron paso a las primeras fábricas) y la mano de obra cualificada. Según Smith, un país valía tanto como personas ocupadas en tareas productivas tuviera. Para él, los trabajadores (y el trabajo cualificado que requiere de años de preparación y de maquinarias especializadas) son esenciales para el progreso de todo país, y por eso le concede palabras como estas a los obreros:

“Los sirvientes, trabajadores y operarios de diverso tipo constituyen la parte con diferencia más abundante de cualquier gran sociedad política. Y lo que mejore la condición de la mayor parte nunca puede ser considerado un inconveniente para el conjunto. Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable.”

Por eso Adam Smith habla de la formación de sindicatos o uniones de trabajadores que velen por la salud de los trabajadores y por el cumplimiento de leyes redactadas por los gobiernos para asegurar las condiciones laborales.

Y todo esto, por no mencionar la cantidad de veces que a lo largo de su libro nos advierte de los peligros de los monopolios. El éxito del capitalismo depende de la competencia entre empresas. Empresas que al producir un mismo producto, o variantes de dicho producto, ejerzan una influencia en la ley de la oferta y la demanda. El fin es producir y vender al mínimo valor posible mientras siga habiendo beneficios. Pero, si eliminamos la competencia, la empresa que genera dicho producto se hace con toda la oferta, por lo cual se puede ver tentada a subir los precios para aumentar el margen de beneficios. Para evitar esto, es importante que existan leyes antimonopolio como las que ahora están intentando aplicarles a Google o Facebook. Dejaré que sea el propio Smith quien finalice este apartado de mi artículo con estas palabras:

“Pero la mezquina rapacidad y el espíritu monopolista de los comerciantes e industriales, que no son ni deben ser los gobernantes de la humanidad, es algo que acaso no pueda corregirse, sí puede fácilmente conseguirse que no perturbe la tranquilidad de nadie salvo la de ellos mismos.”

Libre mercado, neoliberalismo y capitalismo de amiguetes

Si bien es cierto que se considera a Milton Friedman como el padre del libre mercado, también es verdad que la idea de tener mercados no regulados por los gobiernos es mucho anterior a él. A finales del siglo XIX surge la primera ley en Estados Unidos contra el monopolio, la ley Sherman, a la que le siguió, en 1914 la Ley Antimonopolio Clayton, ambas nacen con la intención clara de luchar contra la gran influencia (no solo en los mercados, sino también política) que estaban adquiriendo por aquel entonces los Rockefeller de turno. Grandes empresarios del acero, los servicios ferroviarios y las telefonías junto con el propio Rockefeller (petroleo) se vieron perjudicados por estas leyes y comenzaron a fantasear con un mundo donde el gobierno federal no se inmiscuyera en los asuntos de los empresarios.

Probar eso de liberar los mercados en suelo nacional parecía un experimento demasiado arriesgado, por eso los EEUU decidieron intentarlo primero en otro país. De los muchos golpes de estado apoyados abiertamente (tropas incluidas) o indirectamente (financiación, instrucción por parte de la CIA) perpetrados por los EEUU durante todo el siglo XX, dos de ellos merecen especial atención: Chile y Argentina. Fue allí donde se probó el libre mercado primero, con representación directa de los Estados Unidos a través de alumnos de Milton Friedman conocidos como la Escuela de Chicago. El Premio Nobel llegó a visitar a Pinochet en persona para darle consejos económicos cuando los resultados del experimento no mostraban las grandes ventajas esperadas. Las consecuencias directas: El PIB cayó en un 12%, la tasa de desempleo creció hasta el 16,5% y el valor de las exportaciones se redujo en un 40%.

Y aún con todo esto, al final el libre mercado (más o menos comedido) se intentó finalmente en Estados Unidos e Inglaterra primero (bienaventurados sean los seguidores de Reagan y Tahtcher) para imponerse más tarde en todas partes del mundo hasta llegar a la China comunista. ¿Por qué? Pues es una buena pregunta querido lector que no te sé responder. A los neoliberales les encanta decir que la idea del comunismo era muy bonita pero poco práctica: El comunismo se intentó y fracasó. Vale, pero también se les olvida decir que el libre mercado también se intentó y también tenemos resultados suficientes como para considerar seriamente su fracaso.

Las consecuencias más obvias y directas del neoliberalimso son, por ejemplo, las crisis financieras que hemos sufrido. La bolsa (o los mercados, como prefiera el lector llamarlo) siempre sufre de altibajos y ciclos. Estos ciclos, desde que se estudia este fenómeno, suelen conducirnos por años de crecimiento lento pero inexorable (a menudo una década) seguidos de una caída en los precios y un periodo de recuperación. La primera consecuencia de desregularizar los mercados es el incremento en la inversión y en la especulación por parte de inversores noveles que no hacen más que desestabilizar los mercados o inversores expertos que especulan a conciencia buscando un mayor y más rápido beneficio. Esto hace que los crecimientos sean más veloces, que los ciclos se acorten y que los beneficios lleguen a niveles mucho más altos, sí. Pero todo lo que sube tiene que bajar y cuando la bolsa lo hace, lo hace estrepitosamente, también mucho más rápido (igual que la subida) y llegando a niveles mucho más bajos (ídem). El periodo de recuperación es, sin embargo, mucho más lento.

Desigualdad, contaminación, corrupción… Son muchas las consecuencias a largo plazo del libre mercado. ¿Por qué iba a preocuparse en los niveles de emisión de CO2 a la atmósfera una empresa no regulada? La conciencia como valor de marca, un tema interesante para tratar en otro post, pero sin leyes medioambientales, difícil veo llegar a los objetivos planteados en el Acuerdo de París.

¿Son las desregulaciones de Reagan (y posteriormente Clinton, el mayor devoto del neoliberalismo aunque fuera demócrata) y Tahtcher las responsables del asalto al capitolio y del Brexit? Bueno, digamos que resulta difícil trazar la línea donde termina el neoliberalismo y donde empieza el capitalismo de amiguetes.

Crony Capitalism en inglés, aunque yo prefiero la forma española, el capitalismo de amiguetes es aquel modelo económico en el que el éxito de dicho modelo se basa en la estrecha vinculación entre empresarios y gobierno. Empresarios que financian las campañas (a menudo de manera ilegal, sin declarar) de los políticos que cuando ganan conceden concesiones públicas o proyectos urbanísticos a dedo sin preocuparse siquiera por la futura utilidad de dichos proyectos. Los empresarios contratan mano de obra por lo cual el paro baja y todos contentos. Y si luego el proyecto en cuestión no funciona, no pasa nada, porque lo rescata el Estado. De esa manera los ciudadanos pagamos dos veces por algo que en principio ni siquiera necesitábamos, la primera para construirlo y la segunda para rescatarlo. Véase la biblioteca sin libros de Santiago, la extensión sin barcos del puerto de A Coruña, el hospital sin médicos de Ayuso, aeropuertos sin aviones, autopistas por las que no conduce nadie, la Ciudad de las Ciencias de Valencia (que ya ha costado en reparaciones más de lo que costó en su momento hacerla) y una lista muy larga hasta llegar a la Expo Sevilla, proyecto del que algunos dicen, seguimos pagando facturas.

Como dijo en una ocasión Antonio Maestre: Privatizar los beneficios y socializar las pérdidas.

¿Y por qué no producir algo que sí necesitamos? Ah, querido lector, si yo fuera capaz de responder a esa pregunta… Desde la globalización hasta la entrada de España en la Unión Europea hay muchísimo factores que determinan qué sectores son competentes y cuáles no. Ese fue el alegato del PSOE cuando decidió privatizar los astilleros al poco de llegar al poder, que no eran rentables. Es cierto que competir con chinos y coreanos es difícil, eso lo entiendo, pero ya puestos a levantar proyectos que no necesitamos con tal de que se reduzcan las listas del paro, ¿por qué no apostamos por sectores que por lo menos no haya que rescatar después? La industria suponía hasta el 30% del PIB cuando llegó Felipe González al poder, hoy en día no llega al 10% ¿Será acaso que en el capitalismo de amiguetes supone un mayor beneficio personal para el político de turno hacer negocio con lo que ya se tiene que tratar de inventarse nuevas formas de desarrollo para el país? ¿Quién quiere abrir camino cuando uno puede trabajar un par de candidaturas y jubilarse en un consejo administrativo?

Y ese es el verdadero motivo del asalto al capitolio y del Brexit, todas estas conductas irresponsables que han llevado a los políticos a tener los niveles más bajos de credibilidad desde que se miden, al ruptura en la fe del sistema, la ruptura con el estado del bienestar, las crisis y la corrupción sistemáticas como consecuencia de liberar mercados y colocar a dedo a amiguetes en los altos puestos de gestión, las indemnizaciones millonarias de quienes gestionan mal frente a los sueldos ridículos de quienes se matan a trabajar… La desigualdad, en definitiva. Todo eso ha hecho que el pueblo (de aquí a Francia y Estados Unidos pasando por infinidad de países que apostaron por el neoliberalismo) esté harto sin saber exactamente de qué. O ya de paso, sin saber quién es el enemigo. Y por eso se culpa al capitalismo (o a los comunistas, o a los Okupas, o a los inmigrantes… da igual, la idea es culpar a alguien). Pero entender que el capitalismo en sí no es el problema, sino el uso que algunos le han dado, es algo difícil. Y es que, como dije al principio, el capitalismo es un modelo económico, nada más. Y sin embargo ha llegado a convertirse en el modelo cultural predominante en el todo el mundo. ¿Cómo ha sido posible esto? Lo veremos en la segunda parte de este post, la semana que viene.

1 comentario

  1. inmaperteguer dice:

    Muy bueno Kino. Me ha gustado mucho

    Me gusta

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